Un caso grave de agorafobia

Hace tiempo ya adelantamos que en nuestro contacto con la realidad del IES Thader, habíamos tenido la oportunidad de conocer diversos casos de diversidad entre el alumnado, pero en esta ocasión me gustaría detenerme en el caso de una alumna que sufre agorafobia, por ser quizás el más llamativo y el que, hasta ahora, más ha afectado a la forma de trabajar con el alumnado:
Se trata de una alumna de 2º curso de ESO de la que no diremos el nombre para respetar su anonimato. En nuestros primeros días de observación de clases y toma de contactos, pudimos ver cómo carteles repartidos por distintas partes del centro (sala de profesores, conserjería, departamentos) hacían referencia a este caso y señalaban que esa alumna no podía pasar muchas horas seguidas dentro del centro y que cuando le ocurriesen "ataques", que se le dejase salir de clase llamando a su familia o recurriendo a la orientadora. Otra recomendación es no hacerle mención del problema en la clase o al verla por el pasillo, de forma que no se le interrogue por sus ausencias ni que se formen corros a su alrededor. Estas recomendaciones estaban redactadas por la orientadora y dirigidas al profesorado en su conjunto.
Sin embargo, durante la charla que tuvimos el 14 de febrero con la orientadora, nos hizo ver que algunos profesores no colaboraban en este sentido, y nos habló de la importancia que esta colaboración tiene, pues, en ocasiones la actitud de un docente puede alargar e incluso agravar un problema de este tipo. Así pues, nos invitó a los profesores de prácticas que impartimos clase al curso a que pertenece la niña a sumarnos a una reunión que tendría lugar el miércoles de la siguiente semana para tratar el tema con los profesores que imparten clase a su grupo.
Durante esta reunión celebrada el 19 de febrero, la orientadora volvió a recordar las recomendaciones a las que antes nos referimos e insistió en que los profesores que la vieran por los pasillos no la agobiasen con preguntas acerca de su problema y de sus ausencias. Además nos puso al corriente de su evolución que, afortunadamente, está siendo muy positiva. Si antes no podía siquiera entrar al centro, actualmente entra a un mínimo de tres horas diarias. Se le ha eximido de la asistencia a determinadas asignaturas, como es nuestro caso, y se le pide que asista a aquellas que se consideran de mayor relevancia para su formación básica. Durante nuestras horas de clase, ella normalmente está reunida con la orientadora o se le ha permitido regresar a casa.
Es por esto que nuestra forma de trabajar con ella debe ser completamente distinta a la del resto de sus compañeros y compañeras. Ya que no puede asistir a nuestras clases, su evaluación se basará en la realización de ejercicios en casa, pero nunca en exámenes, pues por recomendación de su psicólogo, no se le puede someter a situaciones de estrés en el centro para así facilitar su reincorporación progresiva.